Fragmento de Reglas y consejos sobre investigación científica.
Los tónicos de la voluntad.
Discurso leído con ocasión de la recepción del autor en
la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, de Madrid.
(Tomado de Obras literarias completas, págs. 512-519, Aguilar, Madrid,
1954, 3ª edición).
Perseverancia en el Estudio
Ponderan con razón los tratadistas de lógica la virtud creadora
de la atención; pero insisten poco en una variedad del atender, que cabría
llamar polarización cerebral o atención crónica, esto es
la orientación permanente, durante meses y aun años, dé
todas nuestras facultades hacia un objeto de estudio. Infinitos son los ingenios
brillantes que, por carecer de este atributo, que los franceses designan esprit
de suite, se esterilizan en sus meditaciones A docenas podría yo citar
a españoles que, poseyendo un intelecto admirablemente adecuado para
la investigación científica, retíranse desanimados de una
cuestión sin haber medido seriamente sus fuerzas, y acaso en el momento
mismo en que la Naturaleza iba a premiar sus afanes con la revelación
ansiosamente esperada. Nuestras aulas y laboratorios abundan de estas naturalezas
tornadizas inquietas, que aman la investigación y se pasan los días
de turbio en turbio ante la retorta o el microscopio; su febril actividad revélase
en el alud de conferencias, folletos y libros, en que prodigan erudición
y talento considerables; fustigan continuamente la turba gárrula de traductores
y teorizantes proclamando la necesidad inexcusable de la observación
y el estudio de la Naturaleza en la Naturaleza misma; y cuando, tras largos
años de propaganda y de labor experimental, se pregunta a los íntimos
de tales hombres, a los asiduos del misterioso cenáculo donde aquéllos
ofician de pontificial confiesan ruborosos que la misma fuerza del talento,
la casi imposibilidad de ver en pequeño la extraordinaria amplitud y
alcance de la obra emprendida, han imposibilitado llevar a cabo ningún
progreso parcial v positivo. He aquí el fruto obligado de la flojedad
o de la dispersión excesiva de la atención, así como del
pueril alarde enciclopedista inconcebible hoy, en que hasta los sabios más
insignes se especializan y concentran para producir. Pero sobre los vicios de
la voluntad trataremos más adelante.
Para llevar a feliz término una indagación científica,
una vez conocidos los métodos conducentes al fin, debemos fijar fuertemente
en nuestro espíritu los términos del problema, a fin de provocar
enérgicas corrientes de pensamiento, es decir, asociaciones cada vez
más complejas y precisas entre las imágenes recibidas por la observación
y las ideas que dormitan en nuestro inconsciente; ideas que sólo una
concentración vigorosa de nuestras energías mentales podrá
llevar al campo de la conciencia. No basta la atención expectante, ahincada;
es preciso llegar a la preocupación. Importa aprovechar para la obra
todos los momentos lúcidos de nuestro espíritu: ya la meditación
que sigue al descanso prolongado, ya al trabajo mental supraintensivo que sólo
da la célula nerviosa caldeada por la congestión, ora, en fin,
la inesperada intuición que brota a menudo, como la chispa del eslabón,
del choque de la discusión científica.
Casi todos los que desconfían de sus propias fuerzas ignoran el maravilloso
poder de la atención prolongada. Esta especie de polarización
cerebral, con relación a una cierta orden de percepciones, afina el juicio,
enriquece nuestra sensibilidad analítica espolea la imaginación
constructiva, y, en fin, condensando toda la luz de la razón en las negruras
del problema, permite descubrir en éste inesperadas y sutiles relaciones.
A fuerza de horas de exposición, una placa fotográfica situada
en el foco de un anteojo dirigido al firmamento llega a revelar astros tan lejanos,
que el telescopio más potente es incapaz de mostrarlos; a fuerza de tiempo
y de atención, el intelecto llega a percibir un rayo de luz en las tinieblas
del más abstruso problema.
La comparación precedente no es del todo exacta. La fotografía
astronómica limítase a registrar actos preexistentes de tenue
fulgor; mas en la labor cerebral se da un acto de creación. Parece como
si la representación mental, obstinadamente contemplada, emitiera, al
modo de un amiba, apéndices invasores que, después de crecer en
todos sentido y de sufrir extravíos y detenciones, acabaran por vincularse
estrechamente con las ideas afines.
La forja de la nueva verdad exige casi siempre severas abstenciones y renuncias.
Convendrá, durante la susodicha incubación intelectual, que el
investigador, al modo del somnámbulo, atento sólo a la voz del
hipnotizador, no vea ni considere otra cosa que lo relacionado con el objeto
de estudio: en la cátedra, en el paseo, en el teatro, en la conversación,
hasta en la lectura meramente artística, buscar la ocasión de
intuiciones, de comparaciones y de hipótesis que le permitan llevar alguna
claridad a la cuestión que le obsesiona. En este proceso adaptativo nada
es inútil: los primeros groseros errores, así como las falsas
rutas por donde la imaginación se aventura, son necesarios, pues acaban
por conducirnos al verdadero camino, y entran, por tanto, en el éxito
final, como entran en el acabado cuadro del artista los primeros informes bocetos.
Cuando se reflexiona sobre la curiosa propiedad que el hombre posee de cambiar
y perfeccionar su actividad mental con relación a un objeto o problema
profundamente meditado, no puede menos de sospecharse que el cerebro, merced
a su plasticidad, evoluciona anatómica y dinámicamente, adaptándose
progresivamente al tema. Esta adecuada y específica organización
adquirida por las células nerviosas produce a la larga lo que yo llamaría
talento profesional o de adaptación, y tiene por motor la propia voluntad,
es decir, la resolución enérgica de adecuar nuestro entendimiento
a la naturaleza del asunto. En cierto sentido, no sería paradójico
afirmar que el hombre que plantea un problema no es enteramente el mismo que
lo resuelve, por donde tienen fácil y llana explicación esas exclamaciones
de asombro en que prorrumpe todo investigador al considerar lo fácil
de la solución tan laboriosamente buscada. "¡Cómo no
se me ocurrió esto desde el principio! --exclamamos--. ¡Qué
obcecación la mía al obstinarme en marchar por caminos que no
conducen a parte alguna!.
Si, a pesar de todo, la solución no aparece y presentimos, no obstante,
que el asunto se acerca a su madurez, procurémonos algún tiempo
de reposo. Algunas semanas de solaz y de silencio en el campo traerán
la calma y la lucidez a nuestro espíritu. Esta frescura del intelecto,
como la escarcha matinal, marchitará la vegetación parásita
y viciosa que ahogaba la buena semilla. Y, al fin, surgirá la flor de
la verdad, que, por lo común, abrirá su cáliz, al rayar
el alba, tras largo y profundo sueño, durante esas horas plácidas
de la mañana que Goethe y tantos otros consideraron propicias a la invención
También los viajes, al traernos nuevas imágenes del mundo y remover
nuestro fondo ideal, poseen la preciosa virtud de renovar el pensamiento y de
disipar enervadoras preocupaciones. ¡Cuántas veces el rudo trepidar
de la locomotora y el recogimiento y soledad espiritual reinantes en el vagón
(el desierto de hombres, que diría Descartes) nos han sugerido ideas
que justificó ulteriormente el laboratorio!
En los tiempos que corremos, en que la investigación científica
se ha convertido en una profesión regular que cobra nómina del
Estado, no le basta al observador concentrarse largo tiempo en un tema; necesita,
además, imprimir una gran actividad a sus trabajos. Pasaron aquellos
hermosos tiempos de antaño, en que el curioso de la Naturaleza, recogido
en el silencio de su gabinete, podía estar seguro de que ningún
émulo vendría a turbar sus tranquilas meditaciones. Hogaño,
la investigación es fiebre; apenas un nuevo método se esboza,
numerosos sabios se aprovechan de él, aplicándolo casi simultáneamente
a los mismos temas y mermando la gloria del iniciador, que carece de la holgura
y tiempo necesarios para recoger todo el fruto de su laboriosidad y buena estrella.
Inevitables son, por consecuencia, las coincidencias y las contiendas de prioridad.
Y es que, lanzada al público una idea, entra a formar parte de ese ambiente
intelectual donde todos nutrimos nuestros espíritu; y en virtud del isocronismo
funcional reinante en las cabezas preparadas y polarizadas para un trabajo dado,
la idea nueva es simultáneamente asimilada en París y en Berlín,
en Londres y en Viena, casi de idéntico modo y con similares desarrollo
y aplicaciones. La invención crece y se desarrolla al modo de un organismo,
espontánea y automáticamente, como si los sabios quedasen reducidos
a meros cultivadores de la semilla sembrada por un genio. Todos entrevén
la espléndida floración de hechos nuevos y todos desean, naturalmente,
acaparar la espléndida cosecha. Esto explica la impaciencia por publicar,
así como lo imperfecto y fragmentario de muchos trabajos de laboratorio.
El afán de llegar antes nos lleva a veces a incurrir en ligerezas, pero
ocurre también que el ansia febril de tocar la meta los primeros nos
granjea el mérito de la prioridad.
En todo caso, si alguien se nos adelanta, hacemos mal en desalentarnos. Continuemos
impertérritos la labor, que, al fin, llegará nuestro turno. Ejemplo
elocuente y de incansable perseverancia nos dio una mujer gloriosa, madame Curie,
cuando, habiendo descubierto la radiactividad del tordo, sufrió la desagradable
sorpresa de saber que poco antes, el mismo hecho había sido anunciado
por Schmidt en los Wiedermann Annalen. Lejos de desanimarla la noticia, prosiguió
sin tregua sus pesquisas; ensayó al electroscopio nuevas sustancias,
entre ellas cierto óxido de uranio (la pechblende), de la mina de Johanngeorgenstadt,
cuyo poder radiactivo sobrepuja en cuatro veces al del uranio. Y sospechando
que aquella materia tan activa encerraba un cuerpo nuevo, emprendió,
con el concurso de monsieur Curie, una serie de ingeniosos, pacientes y heroicos
trabajos, cuyo galardón fue el hallazgo de un nuevo cuerpo, el estupendo
radio, cuyas maravillosas propiedades, provocando numerosas investigaciones,
ha revolucionado la Química y la Física.
En España, donde la pereza es, más que un vicio, una religión,
se comprenden difícilmente esas monumentales obras de los químicos,
naturalistas y médicos alemanes, en las cuales sólo el tiempo
necesario para la ejecución de los dibujos y la consulta bibliográfica
parece debe contarse por lustros. Y, sin embargo, estos libros se han redactado
en uno o dos años, pacíficamente, sin febriles apresuramientos.
El secreto está en el método de trabajo en aprovechar para la
labor todo el tiempo hábil, en no entregarse al diario descanso sin haber
consagrado dos o tres horas, por lo menos, a la tarea; en poner dique prudente
a esa dispersión intelectual y a ese derroche de tiempo exigido por el
trato social; en restañar, en fin, en lo posible, la cháchara
ingeniosa del café o de la tertulia, despilfarradora de fuerzas nerviosas
(cuando no causa de disgustos), y que nos aleja, con pueriles vanidades y fútiles
preocupaciones, de la tarea principal.
Si nuestras ocupaciones no nos permiten consagra, al tema más de dos
horas, no abandonemos el trabajo a pretexto de que necesitaríamos cuatro
o seis Como dice juiciosamente Payot, "poco basta cada día, si cada
día logramos ese poco". Lo malo de ciertas distracciones, demasiado
dominantes, no consiste tanto en el tiempo que nos roban cuanto en la flojera
de a tensión creadora del espíritu y en la pérdida de esa
especie de tonalidad que nuestras células nerviosas adquieren cuando
las hemos adaptado a determinado asunto.
No pretendemos proscribir en absoluto las distracciones; pero las del investigador
serán siempre ligeras y tales que no estorben en nada las nuevas asociaciones
ideales. El paseo al aire libre, la contemplación de las obras artísticas
o de las fotografías de escenas, de países y de monumentos; el
en canto de la música y, sobre todo, la compañía de una
persona que, penetrada de nuestra situación evite cuidadosamente toda
conversación grave y reflexiva, constituyen los mejores esparcimientos
del hombre de laboratorio. Bajo este aspecto, será bueno también
seguir la regla de Buffon, cuyo abandono en la conversación (que chocaba
a muchos admiradores por la nobleza y elevación de su estile como escritor)
lo justificaba diciendo: "Estos son mis momentos de descanso".
En resumen: toda obra grande es el fruto de la paciencia y de la perseverancia,
combinada con una atención orientarla tenazmente, durante meses y aun
años, hacia un objeto particular. Así lo han confesado sabios
ilustres al ser interrogados tocante al secreto de sus creaciones. Newton declaraba
que sólo pensando siempre en la misma cosa había llegado a la
soberana ley de la atracción universal. De Darwin refiere uno de sus
hijos que llegó a tal concentración en el estudio de los hechos
biológicos relacionados con el gran principio de la evolución
que se privó durante muchos años y de modo sistemático
de toda lectura y meditación extrañas al blanco de sus pensamientos;
en fin: Buffon no vacilaba en decir que "el genio no es sino la paciencia
extremada". Suya es también esta respuesta a los que le preguntaban
cómo había conquistado la gloria: "Pasando cuarenta años
de mi vida inclinada sobre mi escritorio". En conclusión: nadie
ignora que Mayer, el genio descubridor del principio de la conservación
y transformación de la energía consagró a esta concepción
toda su vida.
Siendo, pues, cierto de toda certidumbre que las empresas científicas
exigen, más que vigor intelectual, disciplina severa de la voluntad y
perenne subordinación de todas las fuerzas mentales a un solo objeto
de estudio, ¡cuán grande es el daño causado inconscientemente
por los biógrafos de sabios ilustres al achacar las grandes conquistas
científicas al genio antes que al trabajo y la paciencia! ¡Qué
más desea la flaca voluntad del estudio o del profesor que poder cohonestar
su pereza con la modesta cuanto desconsoladora confesión de mediocridad
intelectual! De la funesta manía de exaltar sin medida la minerva de
los grandes investigadores, sin parar mientes en el desaliento causado en el
lector no están exentos ni aun biógrafos de tan buen sentido como
L. Figuier. En cambio, muchas autobiografías, en las que el sabio se
presenta al lector de cuerpo entero, con sus debilidades y pasiones, con sus
caídas y aciertos, constituyen excelente tónico moral. Tras estas
lecturas, henchido el ánimo de esperanza, no es raro que el lector exclame:
Anche io sono pittore