Octavio Paz
El camino y el fin
[Introducción al libro el Mono Gramatico]
Lo mejor será escoger el camino de Galta, recorrerlo de nuevo (inventarlo
a medida que lo recorro) y sin darme cuenta, casi insensiblemente, ir hasta
el fin -sin preocuparme por saber que quiere decir " ir hasta el fin "
ni que es lo que yo he querido decir al escribir esa frase. Cuando caminaba
por el sendero de Galta , ya lejos de la carretera, una vez pasado el paraje
de los banianos y los charcos de agua podrida , traspuesto el portal en ruinas
, al penetrar en la plazuela rodeada de casas desmoronadas, precisamente al
comenzar la caminata, tampoco sabía adónde iba ni me preocuopaba
saberlo. No me hacía preguntas: caminaba nada mas caminaba, sin rumbo
fijo. Iba al encuentro... ¿de qué iba al encuentro? Entonces no
lo sabía y no lo sé ahora. Tal vez por eso escribí "ir
hasta el fín": para saberlo, para saber que hay detrásdel
fin. Una trampa verbal; después del fin no hay nada pues si algo hubiese
el fin no sería fin. Y no obstante, siempre caminamos al encuentro de...,
aunque sepamos que nada ni nadie nos aguarda. Andamos sin dirección fija
pero con un fin (¿cuál?) y para llegar al fin. Búsqueda
del fin, terror ante el fin: el haz y el envés del mismo acto. Sin que
ese fin que nos elude constantemente ni caminaríamos ní habría
caminos. Pero el fin es la refutacióny la condenación del camino:
al fin el camino se disuelve, el encuentro se disipa. Y el fin -también
se disipa. .................
Antes de Dormir
[El juego consiste en adivinar de que va el cuento, solo tiene una
sola respuesta]
Te llevo como un objeto perteneciente a otra edad, encontrado un día al azar
y que palpamos con manos ignorantes. ¿Fragmento de qué culto , dueño de que
poderes ya desaparecidos, portador de qué cóleras o de qué maldiciones que el
tiempo ha vuelto irrisorias, cifra en pie de qué números caídos? Su prescencia
nos invade hasta ocupar insensiblemente el centro de nuestras preocupaciones,
sin que valga la reprobación de nuestro juicio , que declara su belleza -ligeramente
horrenda- peligrosa para nuestro pequeño sistema de vida, hecho de erizadas
negaciones, muralla circular que defiende dos o tres certidumbres. Así tú. Te
has instalado en mi pecho y como una campana neumática desalojas pensamientos,
recuerdos y deseos. Invisible y callado, a veces te asomas por mis ojos para
ver el mundo de afuera; entonces me siento mirado por los objetos que contemplas
y me sobrecoge una infinita vergüenza y un gran desamparo: Pero ahora, ¿me
escuchas? ahora voy arrojarte, voy a deshacerme de ti para siempre. No pretendas
huir. No podrías. No te muevas, te lo ruego: podría costarte caro.
quédate quieto: quiero oir tu pulso vacío, contemplar tu rostro
sin facciones. ¿Dónde estás? No te escondas. No tengas
miedo. ¿Por qué te quedas callado? No, no te haré nada,
era sólo una broma. ¿Comprendes? A veces me excito, tengo la sangre
viva, profiero palabras por las que luego debo pedir perdón. Es mi carácter.
Y la vida. Tú no la conoces. ¿Qué sabes tú de la
vida, siempre encerrado, oculto? Así es fácil ser sensato. Adentro
nadie incomoda. La calle es otra cosa: te dan empellones, te sonrién,
te roban. Son insaciables. Y ahora que tu silencio me prueba que me has perdonado,
deja que te haga una pregunta. estoy seguro que vas a contestarla clara y sencillamente
, como se responde a un camarada después de una larga auscencia. Es cierto
que la palabra auscencia no es la más apropiada, pero debo confesarte
que tu intolerable prescencia se parece a lo que llaman el "vacio de la
auscencia". ¡El vacío de tu prescencia, tu prescencia vacía!
Nunca te veo, ni te siento, ni te oigo. ¿Por qué te presentas
sin ruido? Durante horas te quedas quieto, agazapado en no sé qué
repliegue. No creo ser tan exigente. No te pido mucho: una seña, una
pequeña indicación, un movimiento de ojos, una de esas atenciones
que no cuestan nada al que las otorga y que llenan de gozo a quien las recibe.
No reclamo, ruego. Acepto mi situación y sé hasta donde puedo
llegar. Reconozco que eres el mas fuerte y el mas hábil: penetras por
la hendidura de la tristeza o por la brecha de la alegría , te sirves
del sueño y de la vigilia, del espejo y del muro, del beso y de la lágrima.
Sé que te pertenezco, que estarás a mi lado el día de la
muerte y que entonces tomarás poseción de mí. ¿Por
qué esperar tanto? Te prevengo desde ahora: no esperes la muerte en la
batalla, ni la del criminal, ni la del mártir. Habrá una pequeña
agonía, acompañada de los acostumbrados terrores, delirios modestos,
tardías iluminaciones sin consecuencias. ¿ Me oyes? No te veo.
Escondes siempre la cara. te haré una confidencia - ya ves, no te guardo
rencor y estoy seguro que un día vas a romper ese absurdo silencio -
: al cabo de tantos años de vivir... aunque siento que no he vivido nunca,
que he sido vivido por el tiempo, ese tiempo desdeñoso e implacable que
jamás me ha hecho una seña, que siempre me ha ignorado. Probablemente
soy demasiado tímido y no he tenido el valor de asirlo por el cuello
y decirle: "Yo también existo", como el pequeño funcionario
que en un pasillo detiene el Director General y le dice: "Buenos días,
yo también...", pero, ante la admiración del otro, el pequeño
funcionario enmudece, pues de pronto comprende la inutilidad de su gesto: no
tiene nada que decirle a su Jefe. Y él tampoco tiene nada que decirme.
Y ahora, después de este largo rodeo, creo que estamos más cerca
de lo que iba a decirte: al cabo de tantos años de vivir - espera, no
seas impaciente, no quieras escapar: tendrás que oírme hasta el
fín - , al cabo de tantos años, me he dicho: ¿ a quién,
si no a él, puedo contarle mis cosas? En efecto - no me avergüenza
decirlo y tu no deberías enrojecer - sólo te tengo a tí.
A ti. No creas que quiero provocar tu compasíón; acabo de emitir
una verdad, corroboro un hecho y nada más. Y tú, ¿a quien
tienes? ¿Eres de alguien como yo soy de ti? O si lo prefieres, ¿tienes
a alguien como yo te tengo a ti? Ah, palideces, te quedas callado. Comprendo
tu estupor: a mí también me ha desvelado la posibilidad de que
tú seas de otro, que a su vez sería de otro, hasta no acabar nunca.
No te preocupes: yo no hablo sino contigo. A no ser que tu, en este momento,
digas lo mismo que te digo a un silencioso tercero, que a su vez... No, si tu
eres otro : ¿quién soy yo? Te repito, ¿tú, a quién
tienes? A nadie, excepto a mí. Tú también estás
solo, tú también tuviste una infancia solitaria y ardiente - todas
las fuentes te hablan , todos los pájaros te obedecían - y ahora...
No me interrumpas. Empezaré por el principio: cuando te conocí
- sí, comprendo muy bien tu extrañeza y adivino lo que vas a decirme:
en realidad no te conozco, nunca te he visto, no se quién eres. Es cierto
. En otros tiempos creía que eras esa ambición que nuestros padres
y amigos nos destilan en el oído, con un nombre y una moral - nombre
y moral que a fuerza de roces se hincha y crece, hasta que alguien viene con
un menudo alfiler y revienta la pequeña bolsa de pus - ; más tarde
pensé que eras ese pensamiento que salió un día de mi frente
al asalto del mundo; luego te confundí con mi amor por Juana, María,
Dolores; o con mi fe en Julián, Agustín, Rodrigo. Creí
después que eras algo muy lejano y anterior a mí, acaso mi vida
prenatal. Eras la vida, simplemente. O, mejor, el hueco tibio que deja la vida
cuando se retira. Eras el recuerdo de la vida. Esta idea me llevó a otra:
mi madre no era matriz sino tumba y agonía los nueve meses de encierro.
Logré desechar esos pensamientos. Un poco de reflexión me ha hecho
ver que no eres recuerdo, ni siquiera un olvido: no te siento como el que fui
sino como el que voy a ser, como el que está siendo. Y cuando quiero
apurarte te me escapas. Entonces te siento como auscencia. En fin, no te conozco,
no te he visto nunca, pero jamás me he sentido solo, sin ti. Por eso
debes aceptar aquella frase - ¿la recuerdas: "cuando te conocí"?
- como una expresión figurada, como un recurso del lenguaje. Lo cierto
es que siempre me acompañas, siempre hay alguien conmigo. Y para decirlo
todo de una sola vez: ¿quién eres? es inútil esconderse
más tiempo. Ha durado ya bastante este juego. ¿No te das cuenta
de que puedo morir ahora mismo? Si muero, tu vida dejará de tener sentido.
Yo soy tu vida y el sentido de tu vida? O es a la inversa: ¿tú
eres el sentido de mi vida? Habla, di algo. ¿Aún me odias porque
amenacé con arrojarte por la ventana? Lo hice para picarte la cresta.
Y te quedaste callado. Eres un cobarde. ¿Recuerdas cuando te insulté?
¿Y cuando vomité sobre ti? ¿Y cuando tenías que
ver con esos ojos que nunca se cierran cómo dormía con aquella
vieja infame y que hablaba de suicidio? Da la cara. ¿Dónde estás?
En el fondo, nada de esto me importa. Estoy cansado, eso es todo. Tengo sueño.
¿no te fatigan estas interminables dsicusiones, como si fuésemos
un matrimonio que a las cinco de la mañana, con los párpados hinchados,
sobra la cama revuelta sigue dando vueltas a la querella empezada hace veinte
años? Vamos a dormir. Dame las buenas noches , sé un poco cortés.
Estás condenado a vivir conmigo y deberías esforzarte por hacer
la vida más llevadera. No alces los hombros. Calla si quieres, pero no
te alejes. No quiero estar solo: desde que sufro menos soy más desdichado.
Quizá la dicha es como la espuma de la dolorosa marea de la vida, que
cubre con una plenitud roja nuestras almas. Ahora la marea se retira y nada
queda de aquello que tanto nos hizo sufrir. Nada sino tú. Estamos solos,
estás solo. No me mires: cierra los ojos, para que yo también
pueda cerrarlos. Todavía no puedo acostumbrarme a tu mirada sin ojos.
La poesía a Luis Cernuda
¿Por qué tocas mi pecho nuevamente?
Llegas, silenciosa, secreta, armada,
tal los guerreros a una ciudad dormida;
quemas mi lengua con tus labios, pulpo,
y despiertas los furores, los goces,
y esta angustia sin fin
¿Por qué tocas mi pecho nuevamente?
Llegas, silenciosa, secreta, armada,
tal los guerreros a una ciudad dormida;
quemas mi lengua con tus labios, pulpo,
y despiertas los furores, los goces,
y esta angustia sin fin
que enciende lo que toca
y engendra en cada cosa
una avidez sombría.
El mundo cede y se desploma
como metal al fuego.
Entre mis ruinas me levanto,
solo, desnudo, despojado,
sobre la roca inmensa del silencio,
como un solitario combatiente
contra invisibles huestes.
Verdad abrasadora,
¿a qué me empujas?
No quiero tu verdad,
tu insensata pregunta.
¿A qué esta lucha estéril?
No es el hombre criatura capaz de contenerte,
avidez que sólo en la sed se sacia,
llama que todos los labios consume,
espíritu que no vive en ninguna forma
mas hace arder todas las formas
con un secreto fuego indestructible.
Pero insistes, lágrima escarnecida,
y alzas en mí tu imperio desolado.
Subes desde lo más hondo de mí,
desde el centro innombrable de mi ser,
ejército, marea.
Creces, tu sed me ahoga,
expulsando, tiránica,
aquello que no cede
a tu espada frenética.
Ya sólo tú me habitas,
tú, sin nombre, furiosa sustancia,
avidez subterránea, delirante.
Golpean mi pecho tus fantasmas,
despiertas a mi tacto,
hielas mi frente
y haces proféticos mis ojos.
Percibo el mundo y te toco,
sustancia intocable,
unidad de mi alma y de mi cuerpo,
y contemplo el combate que combato
y mis bodas de tierra.
Nublan mis ojos imágenes opuestas,
y a las mismas imágenes
otras, más profundas, las niegan,
ardiente balbuceo,
aguas que anega un agua más oculta y densa.
En su húmeda tiniebla vida y muerte,
quietud y movimiento, son lo mismo.
Insiste, vencedora,
porque tan sólo existo porque existes,
y mi boca y mi lengua se formaron
para decir tan sólo tu existencia
y tus secretas sílabas, palabra
impalpable y despótica,
sustancia de mi alma.
Eres tan sólo un sueño,
pero en ti sueña el mundo
y su mudez habla con tus palabras.
Rozo al tocar tu pecho
la eléctrica frontera de la vida,
la tiniebla de sangre
donde pacta la boca cruel y enamorada,
ávida aún de destruir lo que ama
y revivir lo que destruye,
con el mundo, impasible
y siempre idéntico a sí mismo,
porque no se detiene en ninguna forma
ni se demora sobre lo que engendra.
Llévame, solitaria,
llévame entre los sueños,
llévame, madre mía,
despiértame del todo,
hazme soñar tu sueño,
unta mis ojos con aceite,
para que al conocerte me conozca.
Piedra de sol
(fragmentos)
un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:
un caminar tranquilo
de estrella o primavera sin premura,
agua que con los párpados cerrados
mana toda la noche profecías,
unánime presencia en oleaje,
ola tras ola hasta cubrirlo todo,
verde soberanía sin ocaso
como el deslumbramiento de las alas
cuando se abren en mitad del cielo, (...)
voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos,
mis miradas te cubren como yedra,
eres una ciudad que el mar asedia,
una muralla que la luz divide
en dos mitades de color durazno,
un paraje de sal, rocas y pájaros
bajo la ley del mediodía absorto,
vestida del color de mis deseos
como mi pensamiento vas desnuda,
voy por tus ojos como por el agua,
los tigres beben sueño en esos ojos,
el colibrí se quema en esas llamas,
voy por tu frente como por la luna,
como la nube por tu pensamiento,
voy por tu vientre como por tus sueños,
tu falda de maíz ondula y canta,
tu falda de cristal, tu falda de agua,
tus labios, tus cabellos, tus miradas,
toda la noche llueves, todo el día
abres mi pecho con tus dedos de agua,
cierras mis ojos con tu boca de agua,
sobre mis huesos llueves, en mi pecho
hunde raíces de agua un árbol líquido,
voy por tu talle como por un río,
voy por tu cuerpo como por un bosque,
como por un sendero en la montaña
que en un abismo brusco se termina,
voy por tus pensamientos afilados
y a la salida de tu blanca frente
mi sombra despeñada se destroza,
recojo mis fragmentos uno a uno
y prosigo sin cuerpo, busco a tientas, (...)
porque las desnudeces enlazadas
saltan el tiempo y son invulnerables,
nada las toca, vuelven al principio,
no hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres,
verdad de dos en sólo un cuerpo y alma,
oh ser total... (...)
amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen (...)
sigo mi desvarío, cuartos, calles,
camino a tientas por los corredores
del tiempo y subo y bajo sus peldaños
y sus paredes palpo y no me muevo,
vuelvo adonde empecé, busco tu rostro,
camino por las calles de mí mismo
bajo un sol sin edad, y tú a mi lado
caminas como un árbol, como un río
caminas y me hablas como un río,
creces como una espiga entre mis manos,
lates como una ardilla entre mis manos,
vuelas como mil pájaros, tu risa
me ha cubierto de espumas, tu cabeza
es un astro pequeño entre mis manos,
el mundo reverdece si sonríes
comiendo una naranja,
el mundo cambia
si dos, vertiginosos y enlazados,
caen sobre la yerba: el cielo baja,
los árboles ascienden, el espacio
sólo es luz y silencio, sólo espacio
abierto para el águila del ojo,
pasa la blanca tribu de las nubes,
rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma,
perdemos nuestros nombres y flotamos
a la deriva entre el azul y el verde,
tiempo total donde no pasa nada
sino su propio transcurrir dichoso (...)
-¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,
¿cuándo somos de veras lo que somos?,
bien mirado no somos, nunca somos
a solas sino vértigo y vacío,
muecas en el espejo, horror y vómito,
nunca la vida es nuestra, es de los otros,
la vida no es de nadie, todos somos
la vida -pan de sol para los otros,
los otros todos que nosotros somos-,
soy otro cuando soy, los actos míos
son más míos si son también de todos,
para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
la vida es otra, siempre allá, más lejos,
fuera de ti, de mí, siempre horizonte,
vida que nos desvive y enajena,
que nos inventa un rostro y lo desgasta,
hambre de ser, oh muerte, pan de todos
Sugerencias:
mreyesdeza@hotmail.com