Mihaly Csikszentmihalyi (psicólogo estadounidense) en su libro "Fluir
(Flow): Una Psicología de la Felicidad" (1990):
"La felicidad no es algo que sucede. No es el resultado de la buena suerte
o del azar. No es algo que pueda comprarse con dinero o con poder. No parece
depender de los acontecimientos externos, sino más bien de cómo
los interpretamos".
"Sólo el control directo de la experiencia y la habilidad para encontrar
alegría momento a momento en todo lo que hacemos pueden superar los obstáculos
en el camino hacia la realización".
"Cada persona debe utilizar cualquier instrumento a su alcance para construir
una vida con sentido y que le permita gozar de ella. Uno de los instrumentos
más importantes en esta búsqueda lo ofrece la psicología".
"Una persona puede hacerse a sí misma feliz o miserable independientemente
de lo que esté realmente sucediendo «fuera», tan solo cambiando
los contenidos de su conciencia. Todos conocemos individuos que pueden transformar
situaciones desesperadas en desafíos que superar, simplemente por la
fuerza de su personalidad. Esta capacidad de perseverar a pesar de los obstáculos
y retrocesos es la cualidad que la gente más admira en los demás
y con justicia, porque es probablemente el rasgo más importante, no sólo
para tener éxito en la vida, sino también para disfrutarla".
"De todas las virtudes que podemos aprender no hay otra característica
más útil, más necesaria para la supervivencia y con más
probabilidades de mejorar la calidad de vida que la capacidad de transformar
la adversidad en un desafío que pueda proporcionarnos disfrute".
Experiencia Óptima: Estudios psicológicos del flujo en la conciencia"
Mihaly Csikszentmihalyi e Isabella Selega Csikszentmihalyi
Bilbao: Descleé De Brouwer. 1998.
Resumen de Enrique G. Fernández-Abascal
El concepto de Flujo es una de las mayores aportaciones al estudio de la motivación
intrínseca que se ha producido en los últimos años (aunque
sus primeras formulaciones datan de 1975). Hace referencia a experiencias óptimas,
a situaciones altamente positivas, a experiencias autotélicas y al disfrutar
haciendo alguna actividad, que se convierten en el motor interno o razón
para la realización de esas mismas actividades que generan la experiencia
del flujo.
Las principales características fenomenológicas que definen la
situación de flujo, son:
Una situación de reto o desafío.
Una focalización de la atención en la acción.
Unas metas claras.
Una retroalimentación sobre la acción.
Unos sentimientos de control.
Y una despreocupación sobre uno mismo.
Pero son las condiciones de la tarea, en concreto la combinación del
nivel de desafío y de las habilidades percibidas, las que configuran
los "canales" responsables de las experiencias asociadas a cada actividad.
Los distintos niveles de la combinatoria de estas dos variables da lugar a ocho
canales experienciales, que son:
Altos desafíos y moderadas habilidades dan lugar a experiencias de activación.
Altos desafíos y bajas habilidades dan lugar a experiencias de ansiedad.
Moderados desafíos y bajas habilidades dan lugar a experiencias de preocupación.
Bajos desafíos y bajas habilidades dan lugar a experiencias de apatía.
Bajos desafíos y moderadas habilidades dan lugar a experiencias de relajación.
Bajos desafíos y altas habilidades dan lugar a experiencias de aburrimiento.
Moderados desafíos y altas habilidades dan lugar a experiencias de control.
Altos desafíos y altas habilidades dan lugar a experiencias de flujo.
La Felicidad, la experiencia óptima y los valores ESPIRITUALES: estudio
empírico acerca de los adolescentes [1]
Por Mihaly Csikszentmihalyi [2]
Resención: Mario Lucas
Según la teoría del «flow» (Fluir), las personas que
viven experiencias óptimas en sus actividades cotidianas se declaran
más felices. La palabra «flow», que significa «seguir
la corriente», ha sido elegida para describir esos momentos de calidad
llamados experiencias óptimas. Estas se producirían cuando la
persona se compromete en una actividad cuyos objetivos son claros y los retos
están a la medida de sus competencias. La persona prefiere dirigir su
atención hacia elementos exteriores antes que centrarse en sí
misma (su ego). Nuestra pregunta es la de saber en qué medida una ideología
con carácter religioso o con carácter altruista puede contribuir
al establecimiento de estos momentos de calidad. Nosotros hemos utilizado el
método basado en muestras de experiencia (ESM) con el objetivo de saber
si la felicidad, definida como un humor positivo, está más relacionada
con la religiosidad y el altruismo que con los valores materialistas. El estudio
se ha realizado sobre una muestra representativa de adolescentes, a escala nacional,
en los Estados Unidos (856 entrevistados, 28.000 respuestas). Los análisis
han revelado que el porcentaje de tiempo pasado con humor positivo variaba de
manera significativa según el nivel de escolaridad, el sexo y la clase
social. De acuerdo con lo escrito sobre el tema, el estudio no ha mostrado ninguna
relación positiva entre el tiempo pasado con un humor positivo y los
valores materialistas, salvo para los adolescentes de clases sociales inferiores.
Por el contrario, la mayor parte de nuestros análisis han mostrado que
la religiosidad y sobre todo los valores altruistas están relacionados
con medidas de felicidad vistos como un rasgo de la personalidad.
FUNDAMENTOS TEÓRICOS DE LA EXPERIENCIA ÓPTIMA DE LA FELICIDAD
La felicidad se define de dos maneras distintas según la dimensión
temporal. En un plano sincrónico, se habla de felicidad como un estado
temporal que varía en la misma persona según determinadas condiciones
intra psíquicas o externas. En un plano diacrónico, se ve la felicidad
como un rasgo que puede variar de un individuo a otro. Basándose en una
investigación anterior, Csikszentmihalyi (1975) ha estudiado la experiencia
óptima referida al estado subjetivo de sentirse bien. El autor ha querido
identificar las condiciones que podían caracterizar los momentos que
las personas consideraban como los mejores de sus vidas. Interrogó a
alpinistas, jugadores de ajedrez, compositores de música y otras personas
que dedicaban mucho tiempo y energía a ciertas actividades por el simple
placer de disfrutarlas, sin buscar gratificaciones convencionales como el dinero
o el reconocimiento social.
Algo que puede parecer sorprendente, actividades como la meditación o
la danza parece que también aportan tales gratificaciones psicológicas.
Estas situaciones corresponden a momentos en que las personas recuerdan haberse
sentido felices, y ello sin tener en cuenta los antecedentes personales (cultura,
sexo, edad o clase social) o incluso la naturaleza de la actividad (trabajo
en cadena, conducción de un automóvil, escritura de un poema).
El término «seguir la corriente» (flow) ha servido para describir
esta experiencia óptima porque los participantes hacían referencia
a menudo a la analogía de dejarse llevar por una fuerte corriente (Csikszentmihalyi,
1990,1993; Inghilleri, 1995). Un poeta relata su experiencia de vivir la alegría
de escribir, descripción que ilustra muy bien el sentimiento de «dejarse
llevar por una fuerte corriente».
Es como abrir una puerta flotante que aparece entre las nubes. Te limitas a
girar el pomo, abrir y entrar; no te tienes que esforzar; únicamente
has de dejarte llevar. La única fuerza de la gravedad procede del mundo
exterior, que intenta retenerte. (Perry, 1996).
Atletas, moteros japoneses, granjeros de los Alpes, monjes hindúes, antiguos
drogadictos, todos dan una descripción similar de los mejores momentos
de su vida.
La experiencia óptima tiende a producirse en las siguientes condiciones
:
Ø Objetivos claros que conducen a la acción. Por ejemplo, en el
marco de una actividad lúdica, deportiva o musical, la persona sabe exactamente
lo que debe hacer en cada momento.
Ø Una reacción inmediata sigue a la acción. Contrariamente
a lo vivido a diario, la persona sabe exactamente dónde se encuentra.
Ø Las distracciones se reducen al mínimo. La persona puede concentrarse
en lo que está haciendo.
Ø Las exigencias de la acción concuerdan con las aptitudes del
actor. Cuando el reto es demasiado grande para sus competencias, aparece la
ansiedad. Al contrario, el aburrimiento se instala si las competencias son demasiado
grandes para la situación. Finalmente, cuando el desafío es escaso
y hay poca demanda, surge la apatía. La experiencia de «seguir
la corriente» aparece cuando el reto y las competencias se encuentran
relativamente equilibradas.
Ø El actor tiene el control de sus acciones dentro de los parámetros
de la actividad sin tener que controlar necesariamente los resultados.
Ø El actor está capacitado para «obligar» de alguna
manera a su propia persona (su ego) y sus necesidades.
Ø Los contratiempos externos no tienen importancia o están bajo
el control del actor.
Reunidas estas condiciones, cualquier actividad individual se vuelve autotélica, es decir estimulante y válida por sí misma. Generalmente el sentimiento de «seguir la corriente» se produce en actividades que sólo están ahí para procurar esa experiencia : rituales religiosos, artes, deportes, juegos. También es posible vivir una experiencia óptima en actividades tan triviales como jugar con un hijo, mantener una conversación, planchar, lavar los platos, en la medida o en las condiciones antes mencionadas.
Queremos resaltar que las personas no se declaran necesariamente felices en el momento de vivir la experiencia de «seguir la corriente». Para ello, una parte de la atención que interviene en la acción debe desviarse de su trayectoria e invertirse en un movimiento de toma de conciencia. Se trataría de una distracción que tendría por efecto romper la experiencia de «seguir la corriente». La experiencia óptima requiere demasiada concentración para conducir simultáneamente a la experiencia de la felicidad, lo que por otro lado es el caso para cualquier sentimiento sin relación directa con la actividad. Más tarde, la persona podrá referirse a esos momentos de compromiso intenso y declarar que corresponden a lo que debe ser la felicidad.
Para nosotros, el concepto de experiencia óptima traduce muy bien la felicidad en cuanto a experiencia vivida (modo sincrónico). ¿Se puede considerar la felicidad en cuanto a una característica personal (modo diacrónico)? Csikszentinihalyi (1975, 1993) ya propuso que las personas aptas para vivir experiencias positivas sobre una base regular tendrían personalidades de tipo «autotélico». A este respecto, estudios recientes llevados a cabo por Adlai-Gail (1994) y Hektner (1996) han demostrado que los adolescentes que viven gran cantidad de experiencias óptimas declaran tener el sentimiento general de una vida cualitativamente mejor; su estilo de vida nos lleva a pensar también que serán adultos con un mayor potencial de felicidad.
A partir del momento en que el concepto de experiencia óptima se refiere más a un rasgo personal que a un hecho vivido, podríamos afirmar que una persona feliz es la que sabrá dotarse de un sistema cognitivo y de conducta que le darán más ocasiones de concentrarse con mayor facilidad en reglas y objetivos claros. Este sistema constituirá una referencia a partir de la cual esta persona podrá elegir entre lo bueno y lo malo. Podrá dotarse de posibilidades de acción propicias para dejar de lado las preocupaciones propias del ego. Ya hemos sugerido que ciertas ideologías, sistemas religiosos e incluso ciertas filosofías (p.ej. estoicismo, existencialismo) responden a estos parámetros y que éstos parecen proporcionar a las personas la posibilidad de vivir regularmente experiencias óptimas a lo largo de su existencia. Se trata de un punto de vista favorable a las disciplinas espirituales como factores importantes que pueden contribuir a la felicidad definida como rasgo personal (Csikszentmihalyi, 1993, p. 238).